Poemaseningles





TRADUTTORE TRADITORE

Acerca de
Poemas en Inglés es un blog que pretende acercar poemas de lengua inglesa al castellano
Frases
"Por principio, toda traducción es buena. En cualquier caso, pasa con ellas lo que con las mujeres: de alguna manera son necesarias, aunque no todas son perfectas"

Augusto Monterroso

-La palabra mágica-

"Es imposible traducir la poesía. ¿Acaso se puede traducir la música?"

Voltaire

"La traducción destroza el espí­ritu del idioma"

Federico García Lorca
Archivos
Carl Sandburg -Skyscraper-
martes, 26 de agosto de 2003
Skyscraper
Carl Sandburg (EEUU, 1878-1967)

By day the skyscraper looms in the smoke and sun and has a soul.
Prairie and valley, streets of the city, pour people into it and they mingle
among its twenty floors and are poured out again back to the streets,
prairies and valleys.
It is the men and women, boys and girls so poured in and out all day that
give the building a soul of dreams and droughts and memories.
(Dumped in the sea or fixed in a desert, who would care for the building or
speak its name or ask a policeman the way to it?)

Elevators slide on their cables and tubes catch letters and parcels and iron
pipes carry gas and water in and sewage out.
Wires climb with secrets, carry light and carry words, and tell terrors and
profits and loves-curses of men grappling plans of business and questions of
women in plots of love.

Hour by hour the caissons reach down to the rack of the earth and hold the
building to a turning planet.
Hour by hour the girders play as ribs and reach out and hold together the
stone walls and floors.
Hour by hour the hand of the mason and the stuff of the mortar clinch the
pieces and parts to the shape an architect voted.
Hour by hour the sun and the rain, the air and the rust, and the press of time
running into centuries, play on the building inside and out and use it.
Men who sunk the pilings and mixed the mortar are laid in graves where the
wind whistles a wild song without words
And so are men who strung the wires and fixed the pipes and tubes and
those who saw it rise floor by floor.
Souls of them all are here, even the hod carrier begging at back doors
hundreds of miles away and the bricklayer who went to state’s prison for
shooting another man while drunk.
(One man fell from a girder and broke his neck at the end of a straight
plunge—he is here—his soul has gone into the stones of the building.)

On the office doors from tier to tier—hundreds of names and each name
standing for a face written across with a dead child, a passionate lover, a
driving ambition for a million dollar business or a lobster’s ease of life.

Behind the signs on the doors they work and the walls tell nothing from
room to room.
Ten-dollar-a-week stenographers take letters from corporation officers,
lawyers, efficiency engineers, and tans of letters go bundled from the
building to all ends of the earth.
Smiles and tears of each office girl go into the soul of the building just the
same as the master-men who rule the building.
Hands of clocks turn to noon hours and each floor empties its men and
women who go away and eat and come back to work.
Toward the end of the afternoon all work slackens and all jobs go slower as
the people feel day closing on them.
One by one the floors are emptied... The uniformed elevator men are gone.
Pails clang... Scrubbers work, talking in foreign tongues. Broom and water
and mop clean from the floors human dust and spit, and machine grime of
the day.
Spelled in electric fire on the roof are words telling miles of houses and
people where to buy a thing for money. The sign speaks till midnight.

Darkness on the hallways. Voices echo. Silence holds... Watchmen walk
slow from floor to floor and try the doors. Revolvers bulge from their hip
pockets... Steel safes stand in corners. Money is stacked in them.
A young watchman leans at a window and sees the lights of barges butting
their way across a harbor, nets of red and white lanterns in a railroad yard,
and a span of glooms splashed with lines of white and blurs of crosses and
clusters over the sleeping city.
By night the skyscraper looms in the smoke and the stars and has a soul.


Rascacielos

De día, el rascacielos descuella entre el humo y el sol y tiene alma.
Praderas y valles, las calles de la ciudad, a ellas vierte gente que se mezcla
en sus veinte plantas y de nuevo se ven vertidos a las calles,
praderas y valles.
Son los hombres y mujeres, chicos y chicas así vertidos y revertidos a lo
largo del día, los que dan al edificio el alma de los sueños y pensamientos y
recuerdos.
(Arrojado al mar o clavado en la calle, ¿a quién importaría el edificio, quién
pronunciaría su nombre o preguntaría a un policía cómo llegar a él?)

Se deslizan los ascensores colgados de sus cables y los tubos despachan
cartas y paquetes y las tuberías de hierro portan gas y agua y desechos.
Trepan los cables con secretos, transportan la luz y transportan las palabras,
hablan de terrores y provechos y amores, maldición de los hombres
embebidos en sus planes de negocios, las preguntas de las mujeres en sus
tramas de amor.

Hora tras hora los cajones hidráulicos alcanzan el lecho rocoso de la tierra y
sujetan el edificio al girar del planeta.
Hora tras hora las vigas hacen de costillares y se tensan y sostienen y
amalgaman las paredes y suelos de piedra.
Hora tras hora la mano del albañil y la masa del mortero dan forma a cada
parte de acuerdo con el deseo promulgado por el arquitecto.
Hora tras hora el sol y la lluvia, el aire y la herrumbre, el apremio del tiempo
que se precipita a los siglos, juegan con el edificio por dentro y por fuera y
lo aprovechan.
Los hombres que enterraron los cimientos y mezclaron el mortero yacen en
tumbas donde silba el viento una canción salvaje y sin letra.
Y lo mismo los hombres que tendieron los cables y colocaron las tuberías, y
los que lo vieron crecer planta a planta.
Las almas de todos ellos están aquí, incluida la del peón de albañil que pedía
por las puertas, a miles de millas de distancia, y la del propio albañil que fue
a la cárcel del estado por disparar contra un hombre cuando estaba borracho.
(Un hombre cayó de una viga y se partió la crisma al final de su caída —
aquí está—, y su alma ha quedado en las piedras del edificio.)

En las puertas de las oficinas, en cada pasillo, cientos de nombres, y cada
nombre representa una cara tachada con un niño muerto, un amante
apasionado, una ambición por un negocio de un millón de dólares, la vida
plácida de una langosta.

Tras los rótulos de las puertas trabajan, y nada dicen las paredes de una sala a otra.
Taquimecanógrafas a diez dólares la semana redactan las cartas de los
abogados de empresa, de los ingenieros y administrativos, y son toneladas
las cartas que salen en paquetes del edificio rumbo a todos los confines de la tierra.
Sonrisas y lágrimas de las oficinistas entran en el alma del edificio, igual que las de los dueños
que rigen sus destinos.
Las manecillas del reloj hacen de las doce otra hora y cada planta se vacía,
hombres y mujeres que se marchan y almuerzan y vuelven al trabajo.
Al final de la tarde, todo el trabajo afloja el ritmo, todo va más despacio
cuando cada cual siente que se cierra el día.
Una a una se vacían las plantas... Se van los ascensoristas de uniforme.
Se oye entrechocar los cubos... Trabajan las limpiadoras, hablan en lenguas
extranjeras. Escoba y agua y fregona que limpian de los suelos el polvo y la
saliva humana, la mugre de la máquina diurna.
Deletreadas en fuego eléctrico, sobre el tejado, palabras que proclaman en
millas a la redonda dónde comprar algo a buen precio. El cartel no deja de
hablar hasta pasada la media noche.-

Oscuridad en los pasillos y vestíbulos. Eco de las voces. El silencio... Los
vigilantes rondan despacio de planta en planta, prueban las puertas. Abultan
las pistolas sus bolsillos... Cajas fuertes en las esquinas. El dinero a buen recaudo.
Un joven vigilante se asoma a una ventana y ve las luces de las barcazas que
se abren paso en la bahía, redes de faroles rojos y blancos en el depósito del
ferrocarril, un espectro de tinieblaspolvo y la saliva salpicado de líneas blancas y manchas de
cruces y racimos de viviendas en la ciudad durmiente.
De noche, el rascacielos descuella entre el humo y las estrellas y tiene alma.

Versión de Miguel Martínez-Lage

Etiquetas:

posted by Torre @ 10:34  
0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home
 
Sobre el autor
  • Para localizar un poema determinado utilizar la secuencia Ctrl+F y escribir la palabra correspondiente.
  • Para ponerse en contacto con el autor del Blog

  • Los poemas de este blog pueden aumentar con tu colaboración, si tienes alguna traducción de algún poema de lengua inglesa que te guste y quieres enviárnosla, será bienvenida.
Poetas
Otros
Entradas Anteriores
Blogs que visito
Blogs amigos
Buscadores
    Google
    Google Aquí­
Recursos

Directorio Web - Directorio de Páginas Webs

blogs

Blogarama

Literature Blogs - Blog Top Sites

Unión de Bloggers Hispanos

eXTReMe Tracker