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Oscar Wilde -The burden of Itys-
domingo, 13 de abril de 2003
The burden of Itys
Oscar Wilde (Ireland, 1854 - 1900)


This English Thames is holier far than Rome,
Those harebells like a sudden flush of sea
Breaking across the woodland, with the foam
Of meadow-sweet and white anemone
To fleck their blue waves,--God is likelier there,
Than hidden in that crystal-hearted star the pale monks bear!

Those violet-gleaming butterflies that take
Yon creamy lily for their pavilion
Are monsignores, and where the rushes shake
A lazy pike lies basking in the sun
His eyes half-shut,--He is some mitred old
Bishop “in partibus!” look at those gaudy scales all green and gold.

The wind the restless prisoner of the trees
Does well for Palaestrina, one would say
The mighty master’s hands were on the keys
Of the Maria organ, which they play
When early on some sapphire Easter morn
In a high litter red as blood or sin the Pope is borne

From his dark house out to the balcony
Above the bronze gates and the crowded square,
Whose very fountains seem for ecstasy
To toss their silver lances in the air,
And stretching out weak hands to East and West
In vain sends peace to peaceless lands, to restless nations rest.

Is not yon lingering orange afterglow
That stays to vex moon more fair than all
Rome’s lordliest pageants! strange, a year ago
I knelt before some crimson Cardinal
Who bare the Host across the Esquiline,
And now- those common poppies in the wheat seem twice as fine.

The blue-green beanfields yonder, tremulous
With the last shower, sweeter perfume bring
Through this cool evening than the odorous
Flame-jewelled censers the young deacons swing,
When the gray priest unlocks the curtained shrine,
And makes God’s body from the common fruit of corn and vine.

Poor Fra Giovanni bawling at the mass
Were out of tune now, for a small brown bird
Sings overhead, and through the long cool grass
I see that throbbing throat which once I heard
On starlit hills of flower-starred Arcady,
Once where the white and crescent sand of Salamis meets the sea.

Sweet is the swallow twittering on the eaves
At daybreak, when the mower whets his scythe,
And stock-doves murmur, and the milkmaid leaves
Her little lonely bed, and carols blithe
To see the heavy-lowing cattle wait
Stretching their huge and dripping mouths across the farmyard gate.

And sweet the hops upon the Kentish leas,
And sweet the wind that lifts the new-mown hay,
And sweet the fretful swarms of grumbling bees
That round and round the linden blossoms play;
And sweet the heifer breathing in the stall,
And the green bursting figs that hang upon the red-brick wall.

And sweet to hear the cuckoo mock the spring
While the last violet loiters by the well,
And sweet to hear the shepherd Daphnis sing
The song of Linus through a sunny dell
Of warm Arcadia where the corn is gold
And the slight lithe-limbed reapers dance about the wattled fold

And sweet with young Lycoris to recline
In some Illyrian valley far away,
Where canopied on herbs amaracine
We too might waste the summer-tranced day
Matching our reeds in sportive rivalry,
While far beneath us frets the troubled purple of the sea.

But sweeter far if silver-sandalled foot
Of some long-hidden God should ever tread
The Nuneham meadows, if with reeded flute
Pressed to his lips some Faun might raise his head
By the green water-flags, ah! sweet indeed
To see the heavenly herdsman call his white-fleeced flock to feed.

Then sing to me thou tuneful chorister,
Though what thou sing’st be thine own requiem!
Tell me thy tale thou hapless chronicler
Of thine own tragedies! do not contemn
These unfamiliar haunts, this English field,
For many a lovely coronal our northern isle can yield,

Which Grecian meadows know not, many a rose,
Which all day long in vales Aeolian
A lad might seek in vain for, overgrows
Our hedges like a wanton courtesan
Unthrifty of her beauty, lilies too
Ilissus never mirrored star our streams, and cockles blue

Dot the green wheat which, though they are the signs
For swallows going south, would never spread
Their azure tints between the Attic vines;
Even that little weed of ragged red,
Which bids the robin pipe, in Arcady
Would be a trespasser, and many an unsung elegy.

Sleeps in the reeds that fringe our winding Thames
Which to awake were sweeter ravishment
Than ever Syrinx wept for, diadems
Of brown be-studded orchids which were meant
For Cytheraea’s brows are hidden here
Unknown to Cytheraea, and by yonder pasturing steer

There is a tiny yellow daffodil,
The butterfly can see it from afar,
Although one summer evening’s dew could fill
Its little cup twice over ere the star
Had called the lazy shepherd to his fold
And be no prodigal, each leaf is flecked with spotted gold

As if Jove’s gorgeous leman Danae
Hot from his gilded arms had stooped to kiss
The trembling petals, or young Mercury
Low-flying to the dusky ford of Dis
Had with one feather of his pinions
Just brushed them!- the slight stem which bears the burdens of its suns
(...)


La elegía de Itys

Este Támesis inglés es más sagrado que Roma;
como un repentino flujo del mar
florecen las campánulas en los bosques, y la espuma
de las reinas de los prados y de las blancas anémonas
salpica sus olas azules, pues prefiere Dios este lugar
que la estrella de cristal que el pálido monje arrastra.

Estas mariposas de destellos violetas que roban
de los cremosos lirios sus pabellones
son monseñores, y donde se estremecen los juncos
un perezoso lucio está tendido tomando el sol,
con los ojos entrecerrados: es un viejo y mitrado
obispo in partibus. ¡Mirad esas brillantes escamas verde y oro!

Prisionero inquieto de los árboles, el viento
bien sirve a Palestrina, y se diría
que las vigorosas manos del Maestro, sobre las teclas
del órgano de María, se pasean
cuando en una temprana y zafírea mañana de Pascua
en su alta litera, roja como la sangre o el pecado, el Papa

es conducido desde la oscura Mansión hasta el Balcón,
sobre las puertas de bronce y la plaza atestada
cuyas fontanas parecen, en su exaltación,
agitar en el aire sus lanzas plateadas
y, extendiendo débiles manos al Este y al Oeste,
envía en vano paz a las tierras sin paz, el descanso a los pueblos sin descanso.

¡No es más bello el persistente crepúsculo anaranjado
que exaspera la luna que las más señoriales procesiones
de Roma! Qué extraño, hace apenas un año
me arrodillé ante un purpurino Cardenal
que la Hostia conducía a través del Esquilino
y ahora, ¡estas vulgares amapolas en medio del trigo me parecen más puras!

El verdiazul campo de cálamos, sacudido aún
por el último chubasco, en esta fresca tarde esparce más perfume
que el incienso que los jóvenes diáconos esparcen
cuando el anciano sacerdote abre las cortinas del sagrario
y convierte en el cuerpo de Dios el fruto del trigo y del vino.

Y el pobre Fra Giovanni, desgañitándose ante las masas
desentonaría en este instante, pues un pajarillo pardo
trina en lo alto y en la crecida hierba húmeda
veo aquella palpitante garganta que hace tiempo escuché
en las colinas estrelladas de la florida Arcadia,
donde la blanca arena de Salamina roza el mar.

Y dulce es la golondrina que gorjea al amanecer
en los aleros, mientras el segador afila su guadaña
y murmuran las palomas torcaces, y la lechera
abandona su solitaria cama y canta alegres villancicos
viendo al ganado que muge ruidosamente
asomar los gruesos y húmedos belfos por la verja del corral.

Y es dulce el lúpulo sobre los prados de Kentish,
y dulce el viento que esparce el heno recién segado,
y dulce el inquieto enjambre de ensordecedoras abejas
que rondan y rondan los capullos del tilo,
y dulce la ternera que descansa en el establo
y los reventones higos verdes sobre el muro de ladrillos.

Y dulce es escuchar el cuclillo burlándose de la fuente
mientras la última violeta se deja mecer rezagada,
y dulce oír al pastor Dafnis entonando
la canción de Linos en un soleado valle
de la cálida Arcadia, donde el trigo es de oro
y danzan los ágiles segadores entre los zarzos.

Y dulce es reclinarse con la joven Licores
en alguna hondonada de Iliria, allá lejos,
y bajo un toldo de mejorana
dejar transcurrir el extasiado día de verano
enfrentando nuestros caramillos en deportiva rivalidad,
mientras en la distancia van y vienen las agitadas púrpuras del mar.

Pero más dulce sería si la sandalia de plata
de algún secreto Dios las praderas de Nuneham
pisara; si con la flauta de caña
presa en sus labios, algún Fauno asomara la cabeza
por entre las verdes banderas acuosas; ¡ah, y qué dulce también
observar al pastor celestial cuando lleva a pacer su lanudo rebaño!

¡Cántame, pues, armonioso corista,
aunque tu melodía sea tu propio réquiem!
¡Cuéntame, juglar desventurado,
tus propias tragedias! No menosprecies
estos lugares poco familiares, esta campiña inglesa,
porque infinitas guirnaldas florecen en nuestra isla nórdica

que no conoce los prados de Grecia, y más de una rosa
que buscáramos sin éxito en los valles de Eolia,
se inclina sobre nuestros cercados
como una voluptuosa cortesana,
prodigando su belleza. y lirios
jamás vistos en Ilisos se miran en nuestros arroyos,

y los azules ballicos que señalan la ruta
a las viajeras golondrinas no volverán a desplegar
sus tiendas en los viñedos del Ática,
y hasta las pequeñas y enmarañadas malas hierbas
que invitan al trino del petirrojo, intrusas serían
en la Arcadia. Y cuántas quedas elegías

duermen en los juncales que bordean el sinuoso Támesis,
cuyo despertar más dulce sería
a aquel ansiado por Sirinx; y diademas
de tostadas orquídeas tachonadas de abejas, nacidas
para la frente de Citerea y que escondidas aquí
la Diosa jamás conoció. Y allí donde pasta el buey,

hay un diminuto narciso amarillento
que la mariposa desde lejos advierte
y cuya copa es tan pequeña que el rocío
de un atardecer de verano puede llenarla dos veces
antes que la estrella recuerde al perezoso pastor
que debe volver al redil. Las hojas están salpicadas de oro

como si el magnífico escudero de Jove,
acalorado por sus doradas armas, se hubiera detenido
a besar sus temblorosos pétalos, o volando
hacia los foscos vados de Dis, el imberbe Mercurio
los hubiese rozado con una pluma de sus alas;
y el leve tallo que sustenta el peso de sus soles
(...)

Versión de Mª Ángeles Cabré

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posted by Torre @ 20:04  
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